Hay palabras que, de tanto escucharlas, terminamos asociando automáticamente con algo bueno o malo.
Inflamación es una de ellas.
Escuchamos hablar de alimentos inflamatorios, dietas antiinflamatorias, suplementos para desinflamar o hábitos que supuestamente mantienen nuestro cuerpo “inflamado”.
Y poco a poco puede instalarse una idea muy sencilla:
inflamación = algo malo que debemos eliminar.
Pero hay una pregunta que merece la pena hacerse antes de aceptar esa idea:
Si la inflamación fuera simplemente perjudicial, ¿por qué nuestro organismo dispone de un mecanismo tan complejo para producirla?
La respuesta cambia bastante la manera de mirar el problema.
La inflamación no es, por definición, una enemiga. Es una respuesta biológica fundamental que participa en nuestra defensa frente a infecciones y lesiones y en los procesos posteriores de reparación. El problema aparece cuando esa respuesta resulta inapropiada, afecta tejidos sanos o se mantiene más de lo necesario en el tiempo.
Y esa diferencia entre inflamarnos cuando corresponde y mantener una respuesta inflamatoria persistente es probablemente mucho más importante que intentar clasificar todo lo que hacemos como “inflamatorio” o “antiinflamatorio”.
Primero: ¿qué es realmente la inflamación?
Imagina algo tan cotidiano como hacerte un pequeño corte en un dedo.
Al poco tiempo puedes observar varios cambios: la zona se enrojece, puede aumentar de temperatura, aparece cierta hinchazón y probablemente sientas dolor.
Nuestra primera reacción podría ser pensar:
Aquí está ocurriendo algo malo.
Y, efectivamente, ha ocurrido algo que requiere atención: hay una lesión.
Pero parte de lo que estás observando después es precisamente la respuesta del organismo ante esa lesión.
Lo que estamos viendo es que cambian el flujo sanguíneo y la permeabilidad de los vasos de la zona, se liberan señales químicas y distintas células del sistema inmunitario participan en una respuesta coordinada frente al daño.
Los signos clásicos de una inflamación aguda incluyen enrojecimiento, calor, hinchazón y dolor, aunque no toda inflamación ocurre de manera visible desde el exterior.
Por eso conviene separar dos cosas:
el problema que desencadena la inflamación y la respuesta inflamatoria que el organismo pone en marcha frente a ese problema.
No son necesariamente lo mismo.
Lo he vivido muchas veces practicando deporte.
Recuerdo, jugando al béisbol, un rebote inesperado de la pelota, el guante mal colocado y la pelota directamente al pómulo. Resultado: inflamación, enrojecimiento y varios días hasta volver a la normalidad.
En otra ocasión, jugando al baloncesto, un pase demasiado rápido terminó con un dedo torcido, inflamado y posteriormente inmovilizado para favorecer su recuperación.
Podría poner muchos más ejemplos.
En todos ellos había algo que había provocado el problema. La inflamación que apareció después formaba parte de la respuesta de mi organismo.
Antes de preguntarnos cómo “bajar la inflamación”, por tanto, quizá deberíamos empezar por comprender por qué existe.
La inflamación aguda tiene una función
Simplificando un proceso biológico mucho más complejo, podemos imaginar una secuencia:
Agresión o daño → respuesta inflamatoria → control del problema → resolución y reparación.
La inflamación aguda aparece rápidamente frente a determinados estímulos y moviliza células y mediadores que participan en la defensa del organismo y en la respuesta al daño.
Y aquí existe un detalle importante: la resolución no consiste simplemente en que la inflamación se vaya apagando porque sí. Existen mecanismos activos y coordinados que participan en esa resolución y ayudan al tejido a recuperar su equilibrio.
Podemos imaginarlo, con todas las limitaciones de la comparación, como los servicios de emergencia que llegan al lugar de un incendio.
Bomberos, ambulancias, policías, calles cortadas…
Durante unas horas aquello puede parecer un caos.
Pero el problema no son los bomberos.
Están allí porque existe un problema que requiere una respuesta.
Y cuando el incendio ha sido controlado, esperamos que la situación vaya regresando progresivamente a la normalidad.
Con nuestro organismo ocurre algo mucho más complejo, por supuesto, pero la analogía ayuda a comprender una idea:
una respuesta intensa durante un tiempo determinado puede ser necesaria; mantenerla durante demasiado tiempo es otra cuestión.
Entonces, ¿cuándo empieza el problema?
Aquí entonces es donde aparece otro apellido para la inflamación:
inflamación aguda no es lo mismo que inflamación crónica.
La primera, como hemos visto en los ejemplos anteriores, suele responder a una situación concreta y limitada en el tiempo.
La inflamación crónica, en cambio, puede mantenerse durante períodos prolongados. Puede aparecer cuando no se elimina adecuadamente el estímulo que la mantiene, cuando existen alteraciones en los mecanismos que deberían resolverla o formando parte de distintos procesos patológicos.
Y existe además algo menos evidente que una articulación hinchada o una herida enrojecida: la denominada inflamación sistémica crónica de bajo grado, estudiada en relación con diferentes alteraciones metabólicas y enfermedades crónicas.
La adiposidad abdominal (grasa abdominal) y la inactividad física, por ejemplo, se han asociado con este tipo de estado inflamatorio persistente.
Pero aquí debemos tener cuidado.
Que la inflamación participe en muchos procesos no significa que podamos utilizarla como explicación para todo.
Cansancio. Dolor. Hinchazón abdominal. Dificultad para perder peso. Problemas digestivos. Dormir mal.
Encontrar uno de estos síntomas en una lista de internet no permite concluir automáticamente que una persona tenga “inflamación crónica”.
Nuestro cuerpo es bastante más complejo que eso.
¿Por qué puede mantenerse una respuesta inflamatoria?
No existe una única respuesta.
Dependiendo de la persona y del contexto, pueden intervenir enfermedades inflamatorias o autoinmunes, infecciones persistentes, exposiciones ambientales, tabaquismo, alteraciones metabólicas y otros procesos.
También existe una relación entre inflamación sistémica de bajo grado, exceso de adiposidad —especialmente abdominal— e inactividad física.
Y aquí aparece una distinción que considero muy importante:
que dos fenómenos estén relacionados no significa que uno sea siempre la causa única del otro.
Nuestro metabolismo, nuestro sistema inmunitario, el tejido adiposo, los músculos y nuestros hábitos no funcionan como compartimentos completamente independientes.
Se relacionan.
Recuerdo cuando descubrí que el glucómetro no era solamente un instrumento para personas con diabetes y comencé a medir mi glucosa en ayunas.
Conocía los valores de referencia y, cuando veía una medición cercana o superior a 100 mg/dL, mi primera explicación era muy sencilla:
Seguramente fue por el exceso de arroz que comí ayer.
Y sí, lo que había comido podía formar parte del contexto.
Pero con el tiempo comprendí que quizá “¿qué comí ayer?” no era la única pregunta que merecía hacerme.
¿Esto sucedió solamente un día?
¿Cómo estoy durmiendo?
¿Cómo está mi nivel de estrés?
¿Es una medición aislada o estoy observando una tendencia?
Es decir:
¿Qué contexto puede estar influyendo en este valor o en esta situación?
En lugar de buscar apresuradamente un único culpable.
Ya hablamos precisamente de esta manera de mirar los datos en Glucosa en ayunas: ¿qué nos está diciendo realmente?
¿Existen alimentos inflamatorios y antiinflamatorios?
Esta pregunta merece bastante más que una lista.
La investigación permite estudiar cómo diferentes alimentos, nutrientes y, sobre todo, patrones alimentarios se relacionan con marcadores inflamatorios y con la salud metabólica.
De hecho, existe evidencia de que determinados patrones, especialmente el mediterráneo, pueden asociarse con cambios favorables en algunos biomarcadores inflamatorios. Pero los resultados no son idénticos para todos los marcadores ni permiten convertir cada alimento individual en un medicamento “antiinflamatorio”.
Porque de ahí a dividir todos los alimentos en dos columnas —“inflaman” y “desinflaman”— existe una distancia bastante grande.
Un alimento no llega a un organismo vacío.
Llega a una persona con un determinado estado metabólico, composición corporal, actividad física, descanso, patrón alimentario completo, enfermedades, medicamentos y muchos otros factores.
Por eso puede ser más útil analizar el patrón y el contexto que obsesionarnos con atribuir propiedades casi farmacológicas a un alimento aislado.
Esto tampoco significa que “todo dé igual”.
Significa algo diferente:
necesitamos hacer mejores preguntas.
¿Cómo sé si tengo inflamación crónica?
Esta es probablemente una de las preguntas más importantes del artículo.
Y también una de las que más prudencia requieren.
Existen marcadores utilizados en medicina para evaluar procesos inflamatorios. Uno de los más conocidos es la proteína C reactiva (PCR o CRP, por sus siglas en inglés).
Pero un marcador inflamatorio no cuenta por sí solo toda la historia.
Puede elevarse por diferentes razones y su interpretación depende del contexto clínico, de otros resultados y de lo que esté ocurriendo en esa persona.
De la misma manera, tampoco existe una sensación corporal única que nos permita afirmar:
“Tengo inflamación crónica.”
Por eso, síntomas persistentes o resultados analíticos alterados merecen una evaluación adecuada en lugar de un autodiagnóstico basado en una lista de internet.
Esto nos devuelve a una idea que aparece una y otra vez cuando intentamos comprender nuestra salud:
una señal rara vez cuenta toda la historia.
Entonces, ¿qué significa vivir de una manera “antiinflamatoria”?
Quizá esta tampoco sea la mejor pregunta.
Porque puede hacernos imaginar que nuestro objetivo consiste en mantener la inflamación permanentemente apagada.
Y no queremos eso.
Necesitamos una respuesta inflamatoria cuando corresponde.
Tal vez podamos reformular la pregunta:
¿Qué condiciones ayudan a nuestro organismo a mantener una respuesta inflamatoria adecuadamente regulada y, al mismo tiempo, una buena salud metabólica?
Ahí la conversación cambia.
Ya no buscamos un alimento milagroso ni un suplemento capaz de “desinflamarnos”.
Empezamos a mirar el conjunto:
Nutrición.
Ciclos circadianos.
Ejercicio y movilidad.
Manejo del estrés.
No porque estos cuatro elementos sean interruptores independientes que simplemente ponen la inflamación en ON u OFF, sino porque forman parte del contexto en el que funciona nuestro organismo.
La actividad física regular, por ejemplo, tiene beneficios bien establecidos para la salud y se han estudiado diferentes mecanismos por los que puede contribuir a modular procesos inflamatorios. Por el contrario, la inactividad física y la adiposidad abdominal se relacionan con inflamación sistémica persistente de bajo grado.
Y me detengo precisamente en la actividad física porque fue algo en lo que insistí durante toda mi vida.
Durante años pensé que, como hacía deporte prácticamente a diario, estaba de alguna manera “salvado” en lo que a mi salud se refería.
Incluso llegué a pensar que el ejercicio me “autorizaba”, por decirlo de una manera coloquial, a comer prácticamente cualquier cosa.
Hasta que descubrí que no era suficiente.
Por supuesto que moverse y hacer ejercicio es importante.
Mucho.
Pero una de las cosas que he ido aprendiendo durante este camino es que:
Cuidar la salud significa aprender a mirar el conjunto.
Nuestro cuerpo no funciona como departamentos independientes.
No se trata de hacerlo todo perfectamente.
Se trata de comprender que nuestra salud se construye dentro de un contexto.
Inflamación: ¿enemiga o mecanismo de defensa?
Ahora podemos regresar a la pregunta del título.
La inflamación es un mecanismo de defensa, pero eso no significa que toda inflamación sea beneficiosa ni que cuanto más intensa sea, mejor.
Cuando aparece ante un daño o una infección, cumple funciones esenciales.
Cuando afecta tejidos sanos, resulta desproporcionada o se mantiene de manera persistente, puede contribuir al daño y formar parte de diferentes enfermedades.
Por eso quizá el objetivo no debería ser declarar una guerra contra la inflamación.
Deberíamos intentar comprenderla.
Preguntarnos qué la está provocando.
En qué contexto aparece.
Cuánto tiempo permanece.
Qué otras señales la acompañan.
Y cuándo necesitamos ayuda profesional para comprender qué está ocurriendo.
Porque antes de intentar apagar una señal del cuerpo, existe una pregunta que muchas veces merece la pena hacerse:
¿Qué estoy intentando apagar y por qué está ahí?
No se trata de convertir la inflamación en enemiga, sino de comprender qué función está cumpliendo y en qué contexto aparece.
Si quieres aprender a observar tu salud desde una perspectiva más amplia —alimentación, movimiento, descanso y estilo de vida— puedes conocer aquí cómo trabajo.
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Ramón Casate
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Fuentes y lecturas recomendadas
Ortega-Gómez A, Perretti M, Soehnlein O. Resolution of inflammation: an integrated view. EMBO Molecular Medicine.
Una revisión sobre los mecanismos activos que intervienen en la resolución de la respuesta inflamatoria.
Kirkpatrick M, et al. Inflammation, physical activity, and chronic disease: An evolutionary perspective.
Una revisión sobre la relación entre actividad física, inactividad, adiposidad e inflamación sistémica de bajo grado.
Keshani M, et al. Mediterranean Diet Reduces Inflammation in Adults: A Systematic Review and Meta-analysis of Randomized Controlled Trials. Nutrition Reviews.
Una revisión sistemática y metaanálisis sobre dieta mediterránea y diferentes biomarcadores inflamatorios.
MedlinePlus. C-Reactive Protein (CRP) Test.
Una referencia accesible para comprender qué mide la proteína C reactiva y por qué su interpretación necesita contexto.
Nota de responsabilidad
Este artículo tiene fines educativos y divulgativos y no sustituye la valoración, el diagnóstico ni el tratamiento de un profesional sanitario. Los síntomas persistentes, los resultados analíticos y los posibles procesos inflamatorios deben interpretarse dentro del contexto clínico de cada persona y, cuando corresponda, ser valorados por un profesional sanitario.


